No esperaba este golpe de tristeza en pleno verano. Surgió de la nada, devastando mi vida y convirtiéndome en ese otro del que no hablo, del que no quiero tener memoria, ese otro que sabe que la vida nunca será lo que soñó, lo que quiso. Un golpe de tristeza que hace que se caiga el castillo de naipes de las ilusiones, que borra la dicha del sol, y de las largas tardes de charlas y caminadas, de la bicicleta del verano y de los días de nadar, nadar para sentir que sigo vivo. Pero ahí está la tristeza y me sonríe, pues también me ama.
Soy un caminante de calles y textos. Me he encontrado conmigo reflejado en los otros y me he visto bailar, comer y amar al lado de seres que no conocía. He nadado en los sueños de muchos y he leído en su mirada que me reconocían como uno de ellos. He visto de cerca los ojos vacíos de la tristeza y el llanto de la vida al atardecer despidiéndose de mi juventud. Y cada día en otras tierras, en otros amores, en tantas playas hasta altas olas de la madrugada aún la busco, porque soy su ausencia.
No eres la herida ni la ausencia ni el silencio que me acompaña, ni el dolor que me da al oír tu nombre. No eres ya mi vida ni el baile ni la risa ni el amor ni el verano o la primavera. No eres siquiera un recuerdo ni julio ni la última hora de la noche ni la estrella más brillante ni el suspiro de una muchacha. No eres ya nada mío, ni siquiera una foto perdida, más siempre serás esa diaria muerte mía de seguir amándote.
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